Monica Lewinsky, la entonces becaria de la Casa Blanca a quien Bill
Clinton -en 1998- eligió para engañar a su esposa, decidió contar su
historia.
“¿Qué se siente ser la principal reina del sexo oral de Estados Unidos?”
Era principios de 2001. Estaba sentada en el escenario de la
Universidad Cooper Union en medio de la filmación de una sesión de
preguntas y respuestas para un documental de HBO. Yo era el tema. Y
estaba pasmada.
Cientos de personas en la audiencia, mayormente estudiantes, me
estaban mirando, muchos boquiabiertos, preguntándose si me atrevería a
responder la pregunta.
El principal motivo por el cual había aceptado participar en el
programa no era para refritar o modificar la historia del “Interngate”,
sino para intentar mover la atención a temas significativos. Muchas
inquietantes preguntas políticas y judiciales habían salido a la luz por
la investigación y el proceso del presidente Bill Clinton. Pero las más
escandalosas habían sido generalmente ignoradas. La gente parecía
indiferente ante los asuntos más profundos, como la erosión de la vida
privada en la esfera pública, el balance de poder y la desigualdad de
género en la política y los medios, y la erosión de las protecciones
legales que aseguran que ni padres ni hijos tendrían que testificar
contra el otro.
Qué inocente era.
Hubo jadeos y farfulleos de la audiencia. Muchas personas borrosas y sin rostro gritaron “¡No respondas!”.
“Es hiriente e insultante”, dije, tratando de recobrar mi agudeza. “Y
por insultante que sea para mí, es más insultante para mi familia.
Realmente no sé por qué esta historia se volvió sobre el sexo oral. No
lo sé. Fue una relación mutua… El que lo haya hecho tal vez sea
resultado de una sociedad dominada por los hombres”.
La audiencia rió. Tal vez estaban sorprendidos de escuchar esas palabras viniendo de mí.
Miré directamente al tipo sonriente que había hecho la pregunta. “Tal
vez tú estés en una mejor posición para responder eso”. Luego de una
pausa, agregué: “Eso probablemente me costó otro año de terapia”.
Podrían argumentar que aceptando participar en un documental de HBO
llamado Monica en Blanco y Negro me había anotado para ser avergonzada y
humillada públicamente otra vez. Podrían hasta pensar que me había
acostumbrado a la humillación. Este encuentro en Cooper Union, después
de todo, palideció en comparación con el Reporte Starr de 445 páginas,
que fue la culminación de una investigación de cuatro años del consejero
independiente Kenneth Starr sobre Clinton en la Casa Blanca. Incluía un
capítulo y versículos sobre mis actividades sexuales íntimas, junto con
transcripciones de grabaciones de audio que registraban muchas de mis
conversaciones privadas. Pero la pregunta de “reina del sexo oral” -que
fue incluida en el programa cuando fue transmitido por HBO en 2002- se
quedó conmigo por un tiempo largo.
Es verdad, no era la primera vez que había sido estigmatizada por mi
aventura con Bill Clinton. Pero nunca antes había sido confrontada tan
directamente, de uno a uno, con una caracterización tan grosera. Una de
las consecuencias no intencionadas de aceptar ponerme a la vista y
tratar de contar la verdad había sido que la vergüenza sería otra vez
puesta alrededor de mi cuello como una A escarlata. Créanme, una vez que
uno la tiene, es muy difícil sacársela.
Si ese momento incómodo en Cooper Union hubiera sido transmitido unos
años más tarde, con el advenimiento de los medios sociales, la
humillación habría sido aún más devastadora. Ese clip se habría vuelto
viral en Twitter, YouTube, Facebook, TMZ, Gawker. Habría sido un meme en
Tumblr. La viralidad misma habría merecido mención en el Daily Beast y
el Huffington Post. Así como era, ya era lo suficiente viral y, gracias a
la naturaleza abarcadora de la Web, podrías, 12 años después, verlo
todo el día en YouTube si quisieras (y espero que tengas cosas mejores
que hacer con tu tiempo).
Sé que no estoy sola en lo que respecta a la humillación pública.
Nadie, parece, puede escapar a la mirada imperdonable de internet, donde
el chisme, las medias verdades y las mentiras se arraigan y amargan.
Hemos creado, para tomar prestado un término del historiador Niculaus
Mills, una “cultura de la humillación”, que no sólo alienta y se deleita
en el placer de la humillación ajena, sino que también recompensa a
aquellos que humillan a otros, desde los paparazzis hasta los blogueros
de chismes, comediantes nocturnos y “emprendedores” de la web que lucran
con videos clandestinos.
Sí, todos estamos conectados ahora. Podemos tuitear una revolución en
las calles o registrar logros grandes o pequeños. Pero estamos
atrapados en un círculo retroalimentable de difamación y vergüenza, uno
en el que nos convertimos en víctimas y victimarios. Tal vez no nos
convertimos en una sociedad más cruel -aunque a veces, de verdad, se
siente como si lo hubiéramos hecho- pero internet ha desplazado
sísmicamente el tono de nuestras interacciones. La facilidad, la
velocidad y la distancia que nuestros dispositivos electrónicos nos
brindan también pueden hacernos más fríos, más elocuentes y menos
preocupados por las consecuencias de nuestras bromas y prejuicios.
Habiendo vivido la humillación en la forma más íntima posible, me
impresiona que tan gustosamente todos hayamos aceptado esta nueva forma
de ser.
En mi propio caso, cada clic fácil de ese link de YouTube refuerza el
arquetipo, a pesar de mis esfuerzos por desviarlo: yo, la Reina del
Sexo Oral de Estados Unidos. Esa pasante. Esa zorra. O, en la ineludible
frase de nuestro presidente número 42, “esa mujer”.
Puede sorprenderles aprender que realmente soy esa persona.
En 1998, cuando salieron noticias de mi aventura con Bill Clinton,
podría decirse que fui la persona más humillada en el mundo. Gracias al
Reporte Drudge, también posiblemente fui la primera persona cuya
humillación global fue impulsada por internet.
Por varios años probé suerte en el negocio de accesorios de moda y me
involucré en varios proyectos mediáticos, incluyendo el documental de
HBO. Después, por la mayor parte mantuve un perfil bajo. (La última
entrevista importante que di fue hace diez años). Después de todo, no
tener un perfil bajo me había expuesto a la crítica por tratar de
“aprovecharme” de mi “notoriedad”. Aparentemente, que otros hablen de mí
está bien; yo hablando por mí misma no lo está. Rechacé ofertas que me
habrían hecho ganar más de u$s10 millones porque no se sentían como la
cosa correcta que hacer. Con el tiempo, el circo mediático se
tranquilizó, pero nunca siguió adelante, incluso cuando yo intenté
hacerlo.
Mientras tanto, vi cómo las vidas de mis amigos seguían adelante.
Matrimonios. Hijos. Títulos. (Segundos matrimonios. Más hijos. Más
títulos). Decidí cambiar de página y hacer un posgrado.
Me mudé a Inglaterra para estudiar, para desafiarme a mí misma, para
escapar el escrutinio y para reimaginar mi identidad. Mis profesores y
compañeros en la Universidad de Economía de Londres fueron maravillosos,
acogedores y respetuosos. Tenía más anonimato en Londres, tal vez por
el hecho de que pasé la mayor parte de mis horas en clase o en la
librería. En 2006, me gradué en una maestría en Psicología Social. La
tesis de mi maestría examinaba la parcialidad social en la corte y se
titulaba “En busca del jurado imparcial: una exploración de la
publicidad previa al juicio y el Efecto de la Tercera Persona”. Me
gustaba bromear que estaba cambiando el vestido azul por las medias
azules, y el título me brindó un nuevo andamio en el cual colgar mis
experiencias de vida. También probaría ser, esperaba, un escape hacia
una vida normal.
Me mudé a Londres, Los Ángeles, Nueva York y Portland, Oregon, y tuve
entrevistas para una variedad de trabajos que estaban abarcados en
“comunicación creativa” y “marcas”, con un énfasis en campañas de
caridad. Sin embargo, por lo que mis empleadores potenciales con tacto
llamaban mi “historia”, yo nunca era “justa” para la posición. En
algunos casos, era perfecta por los motivos equivocados, como en “Por
supuesto, tu trabajo requeriría que vayas a nuestros eventos”. Y, por
supuesto, estos serían eventos a los que la prensa asistiría.
En una prometedora entrevista de trabajo que tuvo lugar en el período
previo a la temporada electoral de 2008, la conversación tomó un giro
interesante. “La cosa es así, Monica”, me dijo el entrevistador.
“Claramente eres una joven brillante y afable, pero para nosotros –y
probablemente para cualquier otra organización que dependa de
subvenciones y financiamiento gubernamental– es riesgoso. Primero
necesitaríamos una carta de indemnización de los Clinton. Después de
todo, hay un 25% de posibilidades de que la Sra. Clinton sea la próxima
presidente”. Le di una sonrisa falsa y dije: “Lo entiendo”.
En otra entrevista de trabajo, esta típica: entré a la rígida y fría
área de recepción de una moderna pero prestigiosa agencia de publicidad
en Los Ángeles, mi ciudad natal. Como siempre, puse mi mejor sonrisa de
“Soy amistosa, no una diva”. “Hola. Monica Lewinsky para ver a Tal y
Tal”.
La recepcionista de veintitantos ajustó sus anteojos de borde negro hipster. “¿Monica qué?”.
Antes de que pudiera responder, otro veinteañero, en jeans ajustados,
camisa a cuadros y moño, se acercó rápidamente y interrumpió: “Señorita
Lewinsky”. Como un camarero, continuó: “Un placer tenerla aquí. Le haré
saber a Tal y Tal que llegó. ¿Latte de soja? ¿Té verde? ¿Agua de
filtro?”.
Me encontré sentada en una pequeña mesa redonda, cara a cara con Tal y
Tal, el jefe de estrategia y planeamiento de la agencia. Hablamos. Ella
seguía haciendo muecas. Esto no iba bien. Traté de no ponerme nerviosa.
Ahora no sólo hacía muecas sino también se aclaraba la garganta. ¿Era
eso transpiración en su frente? Entonces me di cuenta: ella estaba
nerviosa, con tics y todo.
Me había vuelto experta en manejar un número de reacciones en
situaciones sociales y entrevistas de trabajo. Lo entiendo: debe ser
desconcertante sentarse frente a “esa mujer”. No hace falta decirlo, no
conseguí la posición.
Eventualmente me di cuenta de que el empleo tradicional tal vez no
fuera una opción para mí. Logré arreglarme (apenas, a veces) con mis
propios proyectos, usualmente con emprendimientos en los que participé o
con préstamos de amigos y familiares.
En otra entrevista de trabajo me preguntaron “¿Si fueras una marca,
que marca serías?”. Déjenme decirles, cuando eres Monica Lewinsky, ésa
es una pregunta con mucha carga.
En septiembre de 2010, la culminación de estas experiencias empezó a
darme un contexto más amplio. Una conversación telefónica con mi madre
cambió el lente a través del cual miraba el mundo. Estábamos discutiendo
la trágica muerte de Tyler Clemente. Tyler, recuerden, fue un
estudiante de primer año de 18 años de Rutgers al que secretamente
filmaron por cámara web besando a otro hombre. Días después, luego de
haber sido ridiculizado y humillado en medios sociales, se suicidó
saltando del Puente George Washington.
Mi mama lloró. Sollozando, repetía una y otra vez :”Cómo se deben sentir sus padres…sus pobres padres”.
Fue un evento increíblemente trágico y, aunque escucharlo también me
hizo llorar, no podía entender por qué mi mamá estaba tan destruida.
Entonces caí en la cuenta: estaba reviviendo 1998, cuando no me dejaba
salir de su casa. Estaba reviviendo esas semanas cuando se quedaba en mi
cama. Noche tras noche, porque yo también era suicida. La vergüenza, el
desdén y el miedo que le habían lanzado a su hija le había metido miedo
de que yo también tomara mi propia vida; un miedo de que me humillaran
hasta matarme. (Nunca intenté suicidarme, pero tuve fuertes tentaciones
suicidas varias veces durante las investigaciones y durante uno o dos
períodos después).
Nunca sería tan presuntuosa como para poner mi historia en el mismo
nivel que la de Tyler Clementi. Después de todo, mi humillación pública
había sido el resultado de mi enredo con una figura pública reconocida
mundialmente; o sea, una consecuencia de malas elecciones propias. Pero
en ese momento, cuando sentí la profundidad del dolor de mi madre, deseé
haber podido tener la oportunidad de hablar con Tyler sobre cómo mi
vida amorosa, mi vida sexual, mis momentos más privados, mis secretos
mejor guardados habían sido transmitidos alrededor del mundo. Deseé
haber podido decirle que sabía un poco sobre cómo pudo haberse sentido
al ser expuesto ante el mundo. Y que, por difícil que fuera imaginarlo,
sobrevivir era posible.
Con la tragedia de Tyler, mi propio sufrimiento tomó un significado
diferente. Tal vez compartiendo mi historia, razoné, pueda ayudar a
otros en sus momentos más oscuros de humillación. La pregunta se
convirtió en: ¿cómo encuentro y le doy un propósito a mi pasado? Fue mi
momento de Prufock: “¿Me atrevo a perturbar el universo?”. O, en mi
caso, el universo Clinton.
A pesar de una década de silencio autoimpuesto, fui periódicamente
resucitada como parte de la conversación nacional, casi siempre en
conexión con los Clinton. Por ejemplo, en enero y febrero de este año,
Rand Paul, el senador de Kentucky y posible aspirante del Partido
Republicano para presidente en 2016, logró arrastrarme al estiércol de
la preelección. Luchó contra las acusación de los demócratas de que el
G.O.P. lleva adelante una “guerra contra las mujeres” argumentando que
Bill Clinton había cometido “violencia” laboral y actuado como un
“depredador” contra “una chica de 20 años que estaba ahí por la
universidad”.
Claro, mi jefe se aprovechó de mí, pero siempre me voy a mantener
firme en esta posición: fue una relación consensuada. Cualquier “abuso”
vino más tarde, cuando fui convertida en un chivo expiatorio para
proteger su poderosa posición.
Así que tratar de desaparecer no me mantuvo fuera de la lucha. Soy,
para mejor o peor, presumida de ser conocida. Todos los días soy
reconocida. Todos los días. A veces una persona pasa al lado mío una y
otra vez como si no lo notara. (Por suerte, el 99,9% de las veces,
cuando desconocidos me dicen algo, me apoyan y respetan). Todos los días
alguien me menciona en un tuit o blog, y no siempre amablemente. Todos
los días, parece, mi nombre figura en un artículo de opinión o un clip
de prensa o dos –mencionada de paso en artículos sobre temas tan
dispares como los millennials, Scandal, y la vida amorosa del presidente
francés François Hollande–. Miley Cyrus hace referencia a mí cuando
hace twerking en el escenario, Eminem rapea sobre mí y el último hit de
Beyoncé me referencia. Gracias, Beyoncé, pero si vamos a usar nombres
como verbos, creo que quisiste decir “Hizo un Bill Clinton sobre mi
vestido”, no un “Monica Lewinsky”.
Con todo hombre con el que tengo una cita (sí, ¡tengo citas!), sufro
cierto grado de recuerdo de 1998. Tengo que ser prudente sobre lo que
significa ser “pública” con alguien. En los primeros años luego del
proceso, una vez dejé un asiento de primera fila junto a la línea de
tercera base en un juego de los Yankees cuando me enteré de que mi cita
–un tipo cuya compañía disfruté sumamente– estaba en una relación. Era
sólo un matrimonio para conseguir una tarjeta de residencia, pero me
asustó que pudiéramos ser fotografiados juntos y que alguien llamara a
los periodicuchos de los chismes. Me volví hábil en darme cuenta cuándo
hombres están interesados en mí por el motivo equivocado. Por suerte,
esos fueron pocos y separados en el tiempo. Pero todo hombre que fue
especial para mí en los últimos 16 años, me ayudó a encontrar otra parte
de mí, el yo que fue destrozado en 1998. Y, más allá del dolor del
corazón, las lágrimas o el desencanto, siempre les voy a estar
agradecida.
En febrero de este año, alrededor del tiempo en que el senador Paul
me puso en el centro de atención sin yo quererlo, me convertí la
“chiflada narcisista”, el último giro en el Yo como Arquetipo.
Una imagen de un escenario al que me acostumbré demasiado, incluso
cuando intentó continuar con mi vida: un timbre estridente interrumpe
los ritmos de mi día. La llamada –del portero del edificio en el que
estoy en Nueva York– me hace decir un exasperado “¿Qué? ¿Otra vez?”.
Reaparecieron: los paparazzis, como golondrinas, volvieron a la vereda
de afuera, caminando y circulando y caminando un poco más.
Voy a la computadora. Es tiempo de un poco de autogoogleo. (Oh,
querido lector, por favor no me juzgues). Mi corazón se hunde. Hay una
explosión en Google News. Sé lo que esto significa. Cualquier día que
haya tenido planeado se fue por la borda. Dejar la casa –y arriesgarme a
ser fotografiada– sólo asegura que la historia seguirá viva.
Las cámaras han regresaron por los titulares: un sitio web
conservador estuvo revisando en la Universidad de Arkansas el archivo de
uno de las más cercanas amigas y admiradoras de Hillary Clinton, Diane
Blair, y ha encontrado una serie de memos de los 90. En algunos de
ellos, Blair, que murió en el 2000, cita a la ex primera dama sobre la
relación de su esposo conmigo. Aunque Hillary, según las notas de Blair,
dijo que consideró el “lapso” de su esposo inexcusable, lo reivindicó
por tratar de “manejar a alguien que era claramente una ‘narcisista
chiflada’”.
Mi primer pensamiento, mientras me ponía al día: si eso fue lo peor
que dijo, puedo considerarme suertuda. La señora Clinton, leo, había
supuestamente confiado a Blair que, en parte, se culpaba a sí misma por
la aventura de su esposo (por ser negligente emocionalmente) y parecía
haberlo perdonado. Aunque consideraba que Bill había actuado con una
conducta “desagradable e inapropiada”, la aventura fue, no obstante,
“consensual (no era una relación de poder)”.
Respondo las usuales llamadas de amigos que brindan apoyo moral
cuando estas historias mediáticas volcánicas hacen erupción. Deshacen la
tensión con burlas bien intencionadas: “¿Así que vamos a cambiar tu
monograma a NC?”. Trato de ignorar los largamente enterrados comentarios
de la primera dama. Dadas mis experiencias con Linda Tripp, sé mejor
que cualquiera lo que es que una conversación con una amiga sea expuesta
y escrutada, puesta fuera de contexto. Pero igual me empieza a
carcomer. Me doy cuenta de que Hillary Clinton estaba –a diferencia de
mí cuando Tripp revisaba mis más profundos secretos e inseguridades y
grabándolas– completamente consciente de esta documentación: ella es la
que, según los memos, le pidió a Blair que mantuviera un registro o
diario de sus discusiones para propósitos de archivo.
Sí, lo entiendo. Hillary Clinton quería que quedara registrado que
estaba arremetiendo contra la amante de su esposo. Podrá haber culpado a
su esposo por ser inapropiado, pero encuentro su impulso por culpar a
la Mujer –no sólo a mí, sino también a ella– perturbador. Y muy
conocido: con cada indiscreción matrimonial que llega a la esfera
pública –muchas de la cuales involucran a políticos masculinos–, siempre
parece que la mujer convenientemente se echa la culpa. Claro, los
Anthony Weiners y Eliot Spitzers hacen lo que pueden para parecer
humillados en las noticias de cable. Dejan la vida pública por un
tiempo, pero inevitablemente regresan, dejando todo atrás. Las mujeres
en estos enredos regresan a vidas que no son reparadas tan fácilmente.
Pero hay otra capa que me enoja: ¿Narcisista? ¿Chiflada?
Tal vez recuerden que tan sólo cinco días antes de que el mundo
hubiera escuchado mi nombre, el FBI –luego de que mi amiga Linda Tripp
se acercara a la oficina del fiscal especial Kenneth Starr con
información sobre mi aventura con el presidente– me emboscó en una
aterrorizante operación en el Pentagon City Mall. A los 24 años,
atrapada en un cuarto de hotel el 16 de enero de 1998, con
principalmente interrogadores masculinos recibiendo ordenes de Starr,
intentaron disuadirme de llamar a mi abogado y fui amenazada con 27 años
de prisión por llenar una declaración jurada en la que negaba la
aventura con Clinton, entre otros supuestos crímenes. Me ofrecieron
inmunidad si aceptaba colocar llamadas monitoreadas y usar un micrófono
en conversaciones con dos de los confidentes del presidente y
posiblemente el mismísimo presidente. Me negué. Confiar en Linda Tripp
se convirtió en una traición no intencionada. ¿Pero esto? La madre de
todas las traiciones. Eso no lo haría. Valiente o estúpida, tal vez,
pero ¿narcisista y chiflada?
Estas descripciones de hace 16 años revivieron memorias de antiguo
dolor, particularmente en el área de mujeres que lanzan escarnio entre
ellas. Así que tal vez se pregunten: ¿dónde estaban las feministas en
ese entonces? Es la pregunta que me perturba hasta el día de hoy.
Deseaba algún signo de entendimiento de un grupo feminista. Algún
buen clásico apoyo de mujeres era necesitado. Ninguno vino. Dados los
temas en juego –política de género, sexo en el trabajo–, uno esperaría
que hablaran. No lo hicieron. Entiendo su dilema: Bill Clinton había
sido un presidente “amistoso” con las causas de las mujeres.
Tampoco ayudaba que mi caso no fuera uno de “acoso sexual”
convencional; esa acusación contra Bill Clinton fue hecha por Paula
Jones, que armó un colosal litigio contra él. Mi nombre surgió sólo
porque gracias a nuevos avances de las feministas, las investigaciones
en tales casos podían lanzar una red más grande. El caso Jones se volvió
un garrote con el que la derecha golpeó a las feministas que apoyaban a
Clinton: ¿Por qué no apoyaban entusiasmadamente una investigación sobre
un caso de acoso sexual? ¿Qué tal si el presidente hubiera sido
republicano? Acusaciones de hipocresía volaron.
El tema hiriente apareció en forma de titular “SUPERCHICAS DE NUEVA
YORK AMAN A ESE PRESIDENTE TRAVIESO”. (En una nota que escribió para
Vanity Fair, Marjorie Williams lo llamó “lo más vergonzoso que leí en
mucho tiempo”). Para mí, ilustra un aspecto perplejizante de la cultura
de la humillación, uno que Phyllis Chesler reconoció en su libro La
inhumanidad de la mujer hacia la mujer: que las mismas mujeres no son
inmunes a ciertos tipos de misoginia. Hoy en día vemos cómo las “chicas
malas” del colegio acechan en el área de recreación actual que es
internet (o en la mesa redonda de expertos que aparece en televisión o
en un restaurant francés), siempre listas para seguir insultando.
Todavía tengo un profundo respeto por el feminismo y agradezco los
grandes pasos que dio el movimiento para avanzar en una materia como los
derechos de la mujer en las décadas pasadas. Pero, basándome en mi
experiencia de haber sido pasada de mano en mano como si fuera un canapé
de política de género, no me identifico como una feminista con F
mayúscula. Las líderes del movimiento fallaron en articular una posición
que esencialmente no fuera en contra de la mujer en 1998. En el caso de
las “Superchicas de Nueva York”, creo que no debería haber sido tan
difícil para ellas abalanzarse sobre el presidente sin atacarme o
avergonzarme. Al contrario, formaron parte de acto de humillación.
Yo, yo misma, lamento profundamente lo que pasó entre el presidente
Clinton y yo. Déjenme repetirlo: Yo. Yo misma. Lamento. Profundamente.
Lo. Que. Pasó. En ese entonces –al menos desde mi punto de vista– fue
una conexión auténtica con intimidad emocional, visitas frecuentes,
planes, llamadas telefónicas e intercambio de regalos. Todavía en mis
veintipico de años, era muy joven para entender las consecuencias reales
y muy joven para darme cuenta de que iba a ser sacrificada por
conveniencia política. Ahora miro hacia atrás y sacudo la cabeza y me
pregunto: ¿en que estaba –en que estábamos– pensando? Daría cualquier
cosa por volver al pasado, rebobinar la cinta.
Como muchos otros norteamericanos, he estado pensando en Hillary
Clinton. ¿Qué pasaría, me pregunto, si decidiera postularse en 2016?
¿Qué pasaría si ganara? ¿Qué pasaría si ganara por segunda vez?
Pero cuando pienso en esos temas, para mí hay una dimensión en juego
que va más allá de por fin tener a una mujer en la Casa Blanca. Todos
recordamos ese grito de guerra de la segunda ola feminista, “el personal
es político”. Mucha gente (yo incluida) aseguró que mi relación con
Bill Clinton era un tema personal, no uno apto para ser usado en una
guerra política de alto riesgo. Cuando escucho hablar sobre la potencial
candidatura de Hillary, no puedo evitar pensar en una nueva ola de
paparazzi, una nueva ola de artículos del estilo de “¿Qué pasó con…?”,
la próxima vez que me mencionen en Fox News mientras cubren las
elecciones primarias. He empezado a encontrar debilitante esto de tener
que armar el ciclo de mi vida de alguna forma alrededor de un calendario
político. Para mí, es un escenario en el que lo personal y lo político
son imposibles de separar.
En 2008, cuando Hillary era candidata a presidente, permanecí
virtualmente recluida a pesar de que me inundaron con pedidos para
hacerme entrevistas. Postergué algunos anuncios relacionados con
proyectos de medios en 2012 hasta después de las elecciones.
(Eventualmente fueron cancelados –y no, a pesar de lo que digan algunos
medios, no me ofrecieron un contrato de 12 millones de dólares para
escribir un libro contando todas las intimidades del tema–). Y
recientemente, una vez más, me encontré envuelta en la timidez, con
miedo a “convertirme en tema de debate” de nuevo en caso de que
decidiera postularse otra vez. Pero ¿debería poner mi vida en pausa por 8
o 10 años más?
Al ser una demócrata a conciencia –y estar al tanto de que se me
podría usar tanto desde la derecha como la izquierda–, me quedé callada
por 10 años. De hecho, me quedé tan callada que en algunos círculos se
comenta que los Clinton me deben haber pagado para que no hable. Si no,
¿por qué no habría de hablar? Puedo asegurarte que no hay nada más lejos
de la verdad.
¿Por qué hablar ahora? Porque ya es hora de hacerlo.
El año pasado cumplí 40 y es hora de dejar de caminar en puntas de
pie alrededor de mi pasado y de los futuros de otras personas. Estoy
determinada a darle un final diferente a mi historia. Finalmente he
decidido asomar la cabeza desde atrás de la barandilla así puedo
recuperar la narrativa de mi vida y darle un sentido a mi pasado.
(Cuánto me va a costar es algo que voy a averiguar pronto). A pesar de
lo que algunos titulares falsos van a comentar sobre esta nota, esto no
es un “Yo contra los Clinton”. Sus vidas siguieron adelante; ocupan
lugares importantes y poderosos en el escenario global. No les deseo
nada malo. Y entiendo totalmente que lo que me pasó, y mi futuro no
tiene nada que ver con ellos.
También tiene que ver con lo personal y lo político. He vivido muchas
de las preguntas que eventualmente se convirtieron en una parte central
de nuestra discusión nacional desde 1998. ¿Hasta dónde le permitimos al
Gobierno que se meta en nuestras habitaciones? ¿Cómo combinamos nuestro
derecho a la privacidad con la necesidad de conocer las indiscreciones
sexuales? ¿Cómo nos protegemos de un Gobierno que cada vez nos pide
mayor acceso a nuestros datos privados e información? Y lo más
importante a nivel personal, ¿cómo lidiamos con la forma en que
avergonzamos a los demás en la era de de internet? (Mi objetivo actual
es involucrarme en esfuerzos para ayudar a victimas que hayan sido
humilladas o avergonzadas en internet y hablar sobre estos temas en
público).
Hasta ahora, “esa mujer” nunca ha logrado escapar de la sombra de esa
forma en que se la presentó en público por primera vez. Yo era la
Acosadora Inestable (una frase diseminada por la Administración Clinton)
la Chica Fácil y Tonta, la Pobre Inocente que no lograba entender lo
que hacía. La Administración Clinton, los secuaces del fiscal especial,
los operadores políticos en ambos lados del escenario político y los
medios lograron tildarme de todo eso. Y todo eso dejó una marca porque
estaba impregnado de poder. Me convertí en una representación social, un
lienzo social en el cual cualquiera podía proyectar sus confusiones
sobre la mujer, el sexo, la infidelidad, la política y el cuerpo.
A diferencia de los otros involucrados, yo era tan joven que no había
establecido una identidad a la cual regresar. No “permití que esto me
definiera” –en 1998, simplemente no había tenido la experiencia de vida
necesaria para establecer mi propia identidad–. Si todavía no lograste
entender quién sos, es difícil no aceptar la imagen horrible que otros
crean de vos. (De ahí viene la compasión que hoy siento por aquellos
jóvenes que son avergonzados en internet). A pesar de mucha búsqueda
personal y terapia y explorar otros caminos, permanecí “atascada” por
demasiado tiempo.
Tomado de: infobae.com