Por haber secuestrado, violado y torturado a tres mujeres durante más
de una década, Ariel Castro, de origen puertorriqueño, fue condenado
recientemente por un tribunal en Cleveland a cadena perpetua sin
posibilidad de libertad condicional, a lo cual se le añadió el
cumplimiento de mil años de prisión.
Esa sentencia fue lograda
luego de que el acusado negociase con la Fiscalía, lo que en el derecho
norteamericano se conoce como ®plea bargain®, el reconocimiento de su
culpabilidad de 937 acusaciones, a cambio de que no se le aplicase la
pena de muerte.
Habría que reflexionar acerca de lo que subyace en
la conciencia de un ser humano que pacta ser privado de su libertad
mientras vida tenga, más mil años adicionales, los cuales, para poder
cumplir, necesitaría resucitar 14 veces, y tener, para cada ocasión, una
expectativa de vida de 75 años de edad.
En principio, podría
pensarse, se trata del aprecio y la valoración misma que se tiene de la
vida. Salvo el caso de los suicidas, cuya conducta es patológica o
disfuncional, los seres humanos viven aferrados a su existencia y
aspiran a prolongar sus días bajo el sol.
Lo segundo, es el
carácter optimista de la existencia humana. Muerto, no hay nada que
hacer. Pero si aún se respira, siempre se podría albergar la esperanza
de que algún hecho mágico o misterioso ocurrirá que cambiará el
destino de los acontecimientos.
Pero, en todo caso, por la
brutalidad y el carácter horrendo de los hechos cometidos, hasta el
punto de que hizo abortar en varias ocasiones a una de las mujeres
cautivas, empleando métodos sádicos, crueles e inhumanos, muchas
personas, con razón, no ocultarán su regocijo por el futuro sombrío que
espera al monstruo de Cleveland, como ya suele identificarse a Ariel
Castro.
Largas sentenciasSin embargo, más allá del
merecido castigo, la inquietud que surge es la de indagar cuál es el
sentido, la lógica o la razón para aplicar penas o sanciones tan largas
que nada más por el hecho del ciclo biológico de los seres humanos se
sabe no podrían ser cumplidas.
Por supuesto, Ariel Castro no ha
sido el único condenado en un proceso criminal a una pena o sanción cuyo
cumplimiento excede sus expectativas de vida.
Tal fue el caso,
también, de Dudley Wayne Kyzer, quien por haber matado a su esposa, a su
suegra y a un estudiante universitario, fue condenado a cadena
perpetua por cada uno de los crímenes cometidos, esto es, tres veces, a
lo cual se le añadieron 10,000 años de prisión.
Pero, por igual,
el de Bobbie Joe Long, un criminal en serie de la Florida, quien había
violado a más de 50 mujeres y dado muerte a más de 25, motivo por el
cual se le aplicó una sanción equivalente a 28 condenas de por vida.
A
Juan Corona, de California, lo castigaron al cumplimiento de 25
sentencias a cadena perpetua. Su delito consistió en haber asesinado a
25 empleados de su finca.
Shalom Weis, por su parte, recibió una
sentencia que lo condenó a dos mil años de prisión por su
responsabilidad en la quiebra de una importante compañía de seguros de
Nueva York.
Sin embargo, hasta ahora, el caso más dramático y
sensacional ha sido el de Gabriel March Grandos, quien en 1972 fue
condenado, en España, a 384 mil 912 años de prisión. La causa: haber
dejado de entregar 42 mil cartas en su función de empleado de correos.
Para
Franklin Zimring, un prestigioso profesor de Derecho Penal de la
Universidad de California, al dictar sentencia lo que el juez toma en
consideración no es tan sólo el tiempo que el reo permanecerá en
prisión, sino en el carácter disuasivo de su medida.
Para otros,
sin embargo, semejante argumento no constituye más que un desatino; y
esto así, en primer lugar, debido a que la pena a ser impuesta al
condenado es como castigo por su responsabilidad personal en la comisión
de un crimen, no un disuasivo frente a terceros; y en segundo término,
porque toda sanción debe tener por objetivo la rehabilitación social del
reo, no su permanencia indefinida en un establecimiento penitenciario.
Como consecuencia de eso, hay quienes van más lejos, y afirman que el
sistema norteamericano de sanción judicial constituye un absurdo, una
irracionalidad y un acto de barbarie.
Hallazgos de un estudio
A tal conclusión llega un estudio recientemente elaborado por el Centro
de Estudios del Derecho y la Justicia Global de la Universidad de San
Francisco, California, al sostener ® que el tiempo de permanencia en
prisión de un condenado en los Estados Unidos es mayor que en cualquier
otro lugar del mundo®; y que, por consiguiente, ®el sistema judicial
criminal norteamericano representa una deformidad inexplicable.®
Conforme
al estudio de referencia, los Estados Unidos tienen la más alta tasa
de encarcelamiento del mundo, con cerca de 2 millones 300 mil reos. Con
sólo el 5 por ciento de la población mundial, disponen del 25 por ciento
de la población penitenciaria del planeta.
De cada 10 reos, uno
guarda prisión de por vida. El número de estos últimos se ha
cuadruplicado entre 1984 y 2008, al pasar de 34,000 a 140,000 presos.
El impacto social y económico que esto ha tenido ha sido enorme.
Por
ejemplo, hace treinta años, el 10% de los fondos públicos estaban
destinados a la educación superior y sólo un 3 por ciento al sistema
penitenciario.
Actualmente, casi un 11% está dirigido a las
prisiones y sólo un 7.5% a la educación superior, con lo cual se
invierte un 45% más en el mantenimiento del sistema penitenciario que en
las universidades.
Cada año el gobierno norteamericano invierte
más de 60 mil millones de dólares en el sostenimiento de las cárceles y
prisiones, lo que equivale a cerca de cinco veces más el presupuesto
anual de la República Dominicana.
Por cada convicto, el gasto
anual es de 45,000 dólares, lo que ha sido una de las causas para que en
los últimos 20 años, el gasto en el sistema penitenciario
estadounidense se haya quintuplicado, al pasar de 10 mil a 60 mil
millones de dólares, como acabamos de indicar.
Otro factor a tomar
en cuenta para el aumento del costo del mantenimiento de los condenados
a penas privativas de libertad, es el envejecimiento de la población
penal. En los últimos cinco años, del 2007 al 2012, el número de presos
por encima de 65 años de edad se incrementó en un 90 por ciento por
encima del resto de la población penal.
Todo lo anterior revela
que los Estados Unidos tienen en la actualidad una situación
penitenciaria explosiva, que se explica, en parte, por el hecho de que
desde el punto de vista legal representa uno de los pocos países a nivel
mundial que todavía aplica un sistema de fallo judicial conocido como
de sentencias consecutivas.
Pero, además, por la circunstancia de
que en la mayoría de los estados, los fiscales y los jueces son
escogidos por el voto popular, y la mayor parte de los votantes se
inclina por la aplicación de sentencias largas y medidas duras, debido a
la vulnerabilidad y temor que sienten frente al crimen.
Todo eso
conduce al fenómeno de que si en la comisión de una infracción a la ley
penal se incurre en otras faltas a las disposiciones de carácter
criminal, en el sistema judicial norteamericano se juzga cada una de
las infracciones en forma consecutiva y se hace una suma de las
sanciones a ser aplicadas.
No sucede lo mismo en la República
Dominicana, en Francia, o en la mayoría de los países que integran una
familia jurídica distinta a la del mundo anglosajón.
En ese caso
se aplica un principio que se conoce como el de no-cúmulo de penas, y
que consiste, básicamente, en que en una concurrencia de infracciones,
el juez, al examinar los hechos, fijará la pena mayor que corresponde al
conjunto de las infracciones cometidas.
En ese contexto, si Ariel
Castro, el monstruo de Cleveland, hubiese sido juzgado y condenado en
la República Dominicana o en cualquiera de los otros países que aplica
nuestro sistema, la pena aplicada habría sido la de 30 años de
reclusión.
Obviamente, insuficiente, ante la magnitud del crimen
cometido; y por el hecho de que como actualmente sólo tiene 53 años de
edad, teóricamente dispondría de la posibilidad de recuperar su libertad
a los 83 años.
Eso no ocurriría en los Estados Unidos donde ya ha
sido condenado, no una vez, sino tres veces a cadena perpetua, y como
si eso fuera poco, en adición, a mil años de prisión.
El gasto penitenciario en EE.UU llega a 60 mil millones de dólaresPor
cada convicto, el gasto anual es de 45 mil dólares, lo que ha sido una
de las causas para que en los últimos 20 años, el gasto en el sistema
penitenciario estadounidense se haya quintuplicado, al pasar de 10 mil a
60 mil millones de dólares, como acabamos de indicar.
Otro
factor a tomar en cuenta para el aumento del costo del mantenimiento de
los condenados a penas privativas de libertad, es el envejecimiento de
la población penal. En los últimos cinco años, del 2007 al 2012, el
número de presos por encima de 65 años de edad se incrementó en un 90
por ciento por encima del resto de la población penal.
El autor es ex presidente de la República