Una transición exitosa le dio a Yaisah la oportunidad de volver a ser ella misma, pese al rechazo que provoca en algunos de sus familiares que dicen que “no se puede corregir el buen Dios”.
“Dios quiere que yo sea miserable y me mate?”, se pregunta ella. “Si soy hipertensa y tomo medicamento, ¿es corregir a Dios? No. Si tengo problemas de vista y me someto a una operación para ver mejor, ¿estoy corrigiendo a Dios? No”.
“Eso es ridículo”, replica Yaisah a quienes se refieren a ella como una “abominación”.
Pese a los desprecios y las dificultades, su marido Richecharde nunca ha renunciado a estar con quien ha compartido su vida durante más de dos años.
Fue él quien insistió para que esposa hiciera pública su identificación como un ejemplo positivo para el resto de su país.
“No es solo por Yaisah, ella pudo ir a Estados Unidos y someterse al tratamiento”, dijo. Pero, ¿cuántos jóvenes haitianos de clases bajas son así y se pierden porque no pueden identificar quiénes son?”, pregunta.
La pareja trabaja para concienciar a sus compatriotas con el respaldo de la organización Kouraj, que durante años ha apoyado al colectivo LGBTI en Haití.
“Les advertimos sobre los riesgos, pero les dijimos que no tuvieran miedo”, cuenta Charlot Jeudy, presidente de Kouraj, al recordar su primer encuentro con los Val. “Es una cuestión de libertad, de derechos”.
Oficialmente Haití es un país laico, pero la tradición cristiana regula fuertemente la vida y las personas LGBTI diariamente ven amenazados sus derechos.
En 2016, un festival de cine LGBTI que se celebraba en Puerto Príncipe tuvo que ser cancelado debido a los riesgos de violencia y los llamados a cometer asesinatos.
Y en agosto de 2017, en una votación en el Congreso para prohibir el matrimonio homosexual, varios senadores usaron argumentos religiosos y denunciaron la “desviación de Occidente”.
Porque existe una idea generalizada de que la homosexualidad y la transexualidad son creaciones occidentales. “Algunos dicen que tengo una misión, que me paga Estados Unidos: es exagerado, soy haitiana, crecí en Haití y no soy la única”, responde Yaisah.
Su esposo lamenta que algunos haitianos crean que “son los extranjeros quienes vinieron con eso”.
“Los extranjeros no pueden cambiar la genética”, sostiene. “No tienen algo que haga trans a una persona, esto existe en todas partes del mundo”.
Sobreponiéndose a los mensajes de odio, la pareja se negó a abandonar Haití a pesar de la perspectiva de una vida más fácil afuera y optó por quedarse para ayudar a los haitianos frente a la discriminación.
“Ha habido amenazas, pero también hemos comenzado a recibir llamadas de madres que explican que su hijo es así”, afirma Yaisah Val. “O personas que llaman llorando, aliviadas de encontrar por fin las palabras simplemente para explicar quiénes son”.
Que sus teléfonos móviles estén saturados con mensajes de jóvenes que buscan su identidad no los molesta, aunque pasen horas respondiendo. “Es gente que quiere esperanza, eso es todo”, sonríe Yaisah Val rodeada por los brazos de su esposo.